Agricultura y Medio Ambiente
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- Categoría: Ecología
Hace aproximadamente 10.500 años, nuestros antepasados en el Medio Oriente, cambiaron sus hábitos de caza, pesca y recolección de frutos por los de la agricultura y la ganadería. Las causas de este fenómeno siguen aún inciertas y son motivos de discusión entre científicos hasta el día de hoy. Sin embargo, aún cuando las causas se mantienen ocultas, conocemos muy bien las consecuencias. Una sola palabra alcanza para englobar lo que produjo aquella revolución, esa palabra no es otra que “civilización”.
La agricultura permitió a nuestros ancestros instalarse en un lugar definido, con planificación a largo plazo, organización familiar, ordenamiento jurídico y crecimiento poblacional sostenido, el cual desembocó en un exceso de mano de obra, generando la especialización del trabajo en artesanías, clero, militares y, eventualmente, comercio e industria. Transcurrirían más de 100 siglos con un crecimiento sostenido y parejo hasta que, a mediados del Siglo XX, la agricultura sufriría una nueva revolución, la “Revolución Verde”.
Durante esta nueva revolución, en muchas regiones del mundo, especialmente en Asia y América Latina, la producción de los principales cultivos de cereales (arroz, trigo y maíz) se duplicó con creces. También aumentó mucho la producción de otros cultivos, como por ejemplo la soja. A modo de ejemplo del impacto de la revolución verde, vale este dato. A principios del siglo XX, en EE.UU. se necesitaba un granjero para alimentar de 2 a 5 personas, mientras que hoy, gracias a la revolución verde y la consecuente agricultura industrial, un granjero puede alimentar a 130 personas.
La agricultura industrial se apoyó en cuatro pilares fundamentales: la maquinaria agrícola moderna impulsada por combustibles fósiles derivados del petróleo y el gas reemplazó al arado manual y la tracción a sangre, reduciendo los tiempos y la mano de obra necesaria; los agroquímicos cuyos efectos a largo plazo eran desconocidos actuaron como perfectos fertilizantes y herbicidas que potenciaban el crecimiento de los cultivos; la biotecnología modificó genéticamente variedades de cultivos creando plantas que crecían más rápido y soportaban los cambios climáticos o, como el caso del arroz enano de India (IR8), daban más granos de arroz por planta que el arroz natural; los sistemas de riego que se perfeccionaron para proveer a los nuevos cultivos intensivos mayores cantidades de agua.
En su momento se vio como la solución al problema de hambre en el mundo. El razonamiento era lógico, a mayor producción de alimentos, mayor sería la distribución y menor la escasez. Al principio se consideró un éxito sin precedentes. Con el crecimiento demográfico y de la demanda de alimentos, aumentó el suministro y sus precios se mantuvieron estables. Pero, desde la década de 1990, se ha observado que el auge de la revolución verde en la productividad tuvo un alto precio para toda la sociedad.
Por una parte, se ha perdido una gran parte de la biodiversidad agrícola. Cuando los agricultores decidieron producir las variedades mejoradas de cultivos y de ganado, se abandonaron muchas variedades tradicionales, locales, que se extinguieron. Además, en muchos países el gran uso de plaguicidas y otras sustancias agroquímicas causó un grave deterioro del medio ambiente y puso en peligro la salud pública. Los sistemas agrícolas de la revolución verde también requieren una abundante irrigación, lo que ejerce una presión enorme en los recursos hídricos del mundo. Por último, a pesar de que aumentó la productividad agrícola, sigue habiendo hambre. Para aprovechar los adelantos de la revolución verde, los agricultores necesitan tener dinero y acceso a recursos como la tierra y el agua. Los agricultores pobres que no poseían estos recursos quedaron excluidos de la revolución verde y si…muchos se hicieron todavía más pobres.
La agricultura es un componente esencial del bienestar de la sociedad y como tal, es imposible dejar de practicarla. Sin embargo, la pregunta reside en si es posible alimentar a todo el planeta sin el uso de agroquímicos y combustibles fósiles. Sorprendentemente, la respuesta es si. Diversos estudios lo avalan y hay muchas organizaciones globales pidiendo por un cambio en el paradigma actual de la agricultura. Sumado a esto, en los últimos años hubo un crecimiento en la conciencia ambiental del consumidor, que pide productos cada vez más orgánicos y naturales, alimentos que no sean producidos mediante técnicas de cultivo intensivo. Es una tendencia instalada en Europa y Estados Unidos y en franco crecimiento en nuestro país.
Igualmente, no será hasta que se propongan políticas de estado y exista una agenda global que abarque esta problemática que el cambio podrá ser viable. Sin embargo, hoy un pequeño productor puede informarse sobre métodos de cultivos “sostenibles” y virar gradualmente su producción hacia métodos más amigables con el medio ambiente. Esto mejorará su tierra ya que el suelo se nutre de este tipo de técnicas al no sufrir el desgaste al que es sometido en un cultivo intensivo y, a su vez, le proveerá un rédito económico acorde a esta nueva cultura de alimentación “verde” u “orgánica” que llegó para quedarse.
MARTIN OTERO
Lic. en Ciencias Ambientales
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